sábado, 5 de noviembre de 2016

EL VIEJO ROBLE




Aquella tarde visitamos a nuestro amigo, aquel anciano árbol que en verano dio sombra a nuestros besos, ese viejo roble que ahora se desnuda de sus hojas caducas para dejarnos una alfombra por donde pasear nuestro amor perenne. Siempre estuvo ahí presenciando idas y venidas, soportando ráfagas de viento que hacían temblar sus ramas, pero supo aguantar en silencio agarrándose con sus fuertes raíces a la tierra, supo crecer aunque le faltara lluvia para refrescarse, aunque el sol abrasara sus hojas, aunque le podaran sus ramas.



A veces leía versos y sus hojas perdían vigor, se ponían tristes porque los poemas no hablaban de él; nadie le escribía versos para sentirse fuerte, para alimentar su savia. Lo que el no sabía es que los poemas hablaban de sueños, de cosas que no fueron reales. Hoy, viejo amigo, te dedico mi prosa. Mi prosa es real, no habla de sueños, narra recuerdos, cosas que vivió bajo tu sombra, besos reales, miradas ardientes, almas entregadas, amores perennes.

Viejo amigo, no hiciste otra cosa que aguantar y seguir dando sombra en verano, desprenderte de tus hojas en otoño y de nuevo brindarnos esa mullida alfombra para que nuestro amor se sintiera seguro por si en algún momento tropezaba y se caía.



Aguantaste las heladas del invierno conformándote con un rayito de sol y esperaste cada primavera para renovarte y volver a vestirte de verde para que el siguiente verano pudieras cobijar bajo tu sombra nuestros besos, para presenciar el amor perenne.


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